José Rico
Después de diecinueve
años de una permanente amenaza de naufragio en el sacerdocio católico romano, el 15 de abril de 1956 llegué a las tranquilas playas de paz con Dios mediante Jesucristo.
Entre los motivos para dejar mi España natal estuvo el llamado de los obispos americanos frente a la avalancha del protestantismo en América Latina. Hay algo en el alma de un español que lo hace reaccionar instintivamente contra el protestantismo. Desde los reinados de Carlos V y Felipe II en adelante, la historia de España está llena de episodios y batallas religiosas, decretos de fe y la Inquisición. Todo lo que forma parte de la vida del “Quijote” español alcanza su máximo clímax en su odio al protestantismo. Por eso, cuando el papa dijo al clero español que Latinoamérica era el campo misionero para los sacerdotes españoles, a mi me sonó como un llamado de clarín. Unido a este motivo estaba el deseo de trabajar en esa parte del mundo que, aunque me era desconocida, amaba porque había sido la posesión más valiosa de nuestro imperio.
Pronto descubrí que Latinoamérica era un mundo nuevo y diferente en todo el sentido de la palabra. En San Pablo, Brasil, más tarde en Argentina y finalmente en Chile vi que la capilla protestante se levantaba al lado de la iglesia católica, reclamando su derecho al reconocimiento social. Desde mi punto de vista prejuiciado, pensaba que todo eso era un abuso intolerable. Sin embargo, la Divina Providencia pronto traería luz a mi mente en relación a todo esto.
“El que comenzó en vosotros la buena obra. . . ”
Llegué a Antofagasta, Chile, donde como sacerdote de la catedral encontré excelentes oportunidades para poner en práctica mis ideas anti protestantes. Estaba listo para comenzar la batalla cuando comenzó a llegarme literatura evangélica. La leí con disgusto. Más tarde leí algunos libros protestantes que me había atrevido a guardar en mi biblioteca privada. Poco a poco una corriente de simpatía comenzó a reemplazar el odio mortal que había tenido hasta ese momento contra el protestantismo. Vi claramente que el protestantismo no es lo que se dice del mismo, no es lo que se aprende en los corredores de los institutos teológicos católico romanos. Esos libros evangélicos estaban llenos de profundas enseñanzas tomadas de los libros sagrados de la Biblia. Entre ellos y los libros católicos no existía diferencia a la vista, que no fuera la ausencia del imprimi potest de los libros aprobados por Roma, pero en lo que respecta a la vida de los creyentes evangélicos, había una notable diferencia entre ellos y el católico común. Yo hubiera querido que mis fieles vivieran en forma tan correcta y moral como aquellos odiados protestantes.
Circunstancias imprevistas me llevaron de Chile a Bolivia. Pocos meses después me elevaron a la honorable posición de Consejero Nacional de la Organización Estudiantil Católica (J.E.C.). El nombramiento fue decidido y firmado por el arzobispo de La Paz. Así me puse en contacto con la mejor gente de Bolivia, es decir, con su maravillosa juventud de la J.E.C. Rebosaban de vida y entusiasmo, con la fuerza de una bola de nieve desde las filas de la Acción Católica. Mis pesadas responsabilidades retardaron por un tiempo la evolución que se había iniciado en mi alma hacia el protestantismo. Pero Dios siguió con la obra que había comenzado y no solamente tuve la oportunidad de familiarizarme con libros y folletos evangélicos, sino también de conocer algunos evangélicos firmes.
Cristo expió él solo nuestros pecados
Mi fe y mi sacerdocio católicos estaban cerca de un irremediable naufragio. Quería hacer algún esfuerzo supremo por salvarlos. ¿No sería todo esto una tentación diabólica como otros casos de los que había oído? Escribí un libro llamado El Sacerdote y la Hostia, el que, aunque no fue publicado, tenía la aprobación oficial de la diócesis. Fui a la Epístola a los Hebreos para obtener inspiración para escribir el libro, y no encontré allí el sacerdocio católico que buscaba . El único sacerdote del que hablaba la epístola era Jesucristo, que “en la consumación de los siglos, se presentó una vez para siempre por el sacrificio de sí mismo para quitar de en medio el pecado” (Hebreos 9:26). Luego leí en Hebreos 10:17,19 de la imposibilidad de hacer otro sacrificio por el pecado. ¿Cómo es que desde los púlpitos católico romanos se predica que la misa es la renovación sin sangre del sacrificio mismo de la Cruz si esta epístola enseña que es imposible repetir lo que hizo Cristo de una vez para siempre?
¿Y de qué vale un sacrificio sin sangre si el mismo autor enseña que “sin derramamiento de sangre no se hace remisión” (Hebreos 9:22)? Por ese motivo dice que, habiendo logrado la redención eterna, el Eterno Sumo Sacerdote del Nuevo Pacto ascendió a las alturas desde donde ahora intercede por nosotros en la presencia de Dios (Hebreos 1:3, 7:25).
Cuando terminé de estudiar la Epístola a los Hebreos sentí que una mano omnipotente e invisible me despojaba de mis vestiduras y mi carácter sacerdotal. El único sacerdocio que había encontrado era el que registraba San Pedro, “vosotros también, como piedras vivas, sed edificados como casa espiritual y sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por medio de Jesucristo” (1Pedro 2:5). Es lo mismo a que se refiere Hebreos: “Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesen su nombre” (Hebreos 13:15).
Vi también la inutilidad y falsedad del purgatorio ya que el mismo autor dice tácitamente que Jesucristo es nuestro purgatorio, al ofrecer su vida en la Cruz, “… habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:3). Si Cristo purga nuestros pecados, ¿cómo es que almas que son salvas ahora tienen que ir al purgatorio para ser purificadas? ¿Qué clase de purgatorio tienen los católicos que no se menciona una sola vez en la Biblia?
Después de esto solamente faltaba la oportunidad para alcanzar la meta que con tanta claridad se veía a la distancia. Dios intervino poniéndome en contacto con un joven pastor cuya inteligencia natural se combinaba con un profundo amor por Dios y un extraordinario conocimiento de las Escrituras. Era el director del Instituto Bíblico Indio de La Paz, Samuel Josué Smith. Este era mi primer verdadero contacto con un hereje. Su conversación iluminó mi mente, despejó mis dudas, y confortó mi corazón hasta el punto de infundirle valor.
Jesús es el único camino
Al día siguiente repetí la visita y hacia el final, Samuel Josué dijo: “¿Qué le impide aceptar a Cristo como su único y suficiente Salvador?” Sentí que mi corazón se derretía con una ráfaga celestial que me embargó de emoción, mientras las lágrimas me rodaban por las mejillas. No necesitaba nada más: Lo acepté con plena convicción.
Cristo se convirtió en mi “único” Salvador, porque ningún otro ha muerto en la Cruz por mí. También se convirtió en mi “suficiente” Salvador porque su sangre es todopoderosa para lavar mis pecados y borrarlos de mi alma. De qué manera miserable habían fracasado los ritos y ceremonias y las tradiciones humanas del romanismo en limpiar el alma para Dios. Fue recién entonces que comprendí a qué se refería Jesús cuando dijo: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí” (Juan 14:6). Pedí perdón por haber vagado tantos años por caminos equivocados, y me decidí a caminar por ese Camino, que es Cristo Jesús.
Desde ese momento me supe una nueva criatura en Cristo Jesús (2 Corintios 5:17), Comprendí al mismo tiempo que Dios me había justificado y quitado la enorme carga de mi corazón que hasta ese momento me había agobiado sin misericordia. Sí, había “pasado de muerte a vida”.
Todavía tuve que continuar durante dos meses mis actividades normales en el romanismo. Era necesario que evaluara todos los detalles antes de tomar un paso definitivo. Esos meses fueron los más oscuros de mi vida, pero Dios finalmente rompió las ataduras que me habían tenido prisionero tanto tiempo. Una luminosa tarde llegué a la Iglesia Evangélica de Miraflores, La Paz. En seguida me quité la sotana. Me vestí con ropas civiles, me senté a tomar una taza de té y entré en una sencilla conversación espiritual con los hermanos, sintiendo como si los hubiera conocido desde siempre.
De esta forma cayó la cortina que puso fin a la tragedia que había vivido durante mis diecinueve largos años de sacerdocio.
“Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro” (Romanos 8:38‐39).
Traducido por Dante Rosso